viernes 5 de junio de 2009

Tercera entrega. Chica Huevo

—Rosendo, Rosendo ¿Por qué no me despertaste?, muchacho pendejo, mira nomás qué hora es.

Rosendo, Rosendo ¿dónde andas? ¡Carajo!

Aquí Chica. —Respondió el bruto— estoy vendiendo carbón.

El infeliz Rosendo, con movimiento torpe llenaba una bolsa negra de negro carbón qué manchaba de negro polvo las manos gordas de cortos y gruesos dedos coronados de uñas chatas y carcomidas por mordiscos afilados y nerviosos.

Cuándo Rosendo vendía carbón no necesitaba pesarlo era más exacto qué la más exacta de las básculas.

Su mano sopesaba igual que el fiel de la balanza, e igualmente, en algún lugar de él, algo le decía que era el peso deseado.

Por eso a falta de pesas, Rosendo era muy solicitado para cualquier intercambio mercantil donde fuese necesario conocer el peso. Dándose el caso de qué la gente del mercado confiara más en Rosendo la báscula que en las amañadas y tramposas básculas de los comerciantes.

Por tales razones su protectora adivinó en él un negocio potencial y tasó en algunos centavos los servicios del muchacho.

Claro qué Chica huevo en un principio intentó meterle por la cabeza a fuerza de bastonazos los macizos contrapesos, pero viendo que la dureza del cráneo de Rosendo superaba la del pesado metal; pensó que la adquisición del bruto muchacho había sido un mal negocio, y qué no sería capaz de desquitar ni lo qué se tragaba.

Chica huevo se equivocó, Rosendo fue desde entonces su fiel balanza, el lazarillo perfecto y el lomo donde podía descargar a su gusto los golpes qué quisiera, sin más problemas qué algunos quejidos y lloriqueos.

Rosendo era el tercer hijo de aquel vagabundo borracho que llegó al pueblo para instalarse a vivir bajo el puente.

Junto al río acondicionó su hábitat visitando varias veces el tiradero de la región. Se le vio con su prole acarreando y desechando cachivaches que tuvieran un posible uso. Iban y venían en fila india con cacharros, trebejos, colchones podridos de resortes saltones, sillas de patas rotas y hasta un inservible calentador de agua.

Siempre el viejo por delante, seguiale la madre, el hijo mayor, la hija y Rosendo de doce años.

Esta habitual manera de ir y venir y el hecho de hacerlo siempre juntos llamaba la atención y causaba hilaridad en la gente del pueblo, siempre deseosa de buenas nuevas o malas nuevas que los sacaran de la rutina diaria.

Él cangrejo, como se supo se llamaba el jefe de familia, se alquilaba de peón para desmontar las huertas de los alrededores. Siempre traguiteado de mezcal en compañía de toda la familia en un santiamén pelaban la huerta de la mala yerba y de los buenos frutos qué engullían hasta hartarse.

El padre de familia era flaco, de piel apergaminada y dura, de color indefinido. Se diría que los inclementes rayos solares convirtieron el cuero del cangrejo en curtida e impenetrable coraza.

Los rasgos afilados y pétreos se acentuaban en el rostro que si se miraba a hurtadillas daba la impresión de no ser tan desagradable, y que quizá sin la desparpajada cabellera, ni la hirsuta barba, ni la torcida nariz por algún percance anterior; hubiera podido ser del tipo que gustan las mujeres maduras y acaloradas.

Todo lo dicho sobre tan singular rostro perdía validez al percatarse quién lo observaba en la demencial chispa que bailoteaba en sus sonrientes ojos (ya que el cangrejo parecía tener una perpetua sonrisa en estos) que en ocasiones de abundancia sabían reír a carcajadas.

Tampoco había estética ni simetría en el desgarbado cuerpo de donde colgaba inútil un incipiente brazo izquierdo.

La naturaleza para contrarrestar tal incapacidad, lo dotó de un brazo derecho terriblemente fuerte y horriblemente garrudo. Esta garra o zarpa llena de callos, nervios y tendones que colgaba hasta las rodillas, junto con el machete que también colgaba envainado en su funda impedían que fueran víctimas del escarnio y la befa directa. Pero no los salvaba del hiriente grito a distancia de algún desocupado que ansiara descargar una poca de bilis en la víctima propicia.

Pero nadie, absolutamente nadie se ponía al alcance del bestial brazo antinatural que nacía contradictoriamente poderoso de un tronco flaco y decrépito.

Del cangrejo, padre de familia con guaraches, seguiale la madre sin guaraches de quién no se sabía ni nombre ni apodo. La plebe pronto eliminó tal inconveniente, bautizándola de una pedrada con el mote de la “mocha”.

Desde el incidente que la obligó a roer de lado, pero no con menos fruición su comida; la unidad de la tribu se acentúo, desplazándose en fila india hasta para la más insignificante faena.

A su paso dejaban el peculiar aroma que flotaba ácidamente, hiriendo incluso los más corrompidos olfatos.

Era un fermento acre; de vinagre, queso rancio y mugre, acompañado de un tufo de alcohol; transpirado por un pellejo reseco que lo volatilizaba en las regiones más recónditas del cuerpo.

El describir al viejo cangrejo jefe de la tribu, era una cosa, describir al resto de la familia, era otra muy diferente.

Para reseñar las características de la zaga del viejo sólo se tenía que hacer la descripción de cualquiera de ellos, plasmándose el retrato del cuarteto a la zaga.

De los cuatro brotaban gruesas y alambradas cerdas grises que a fuerza de polvo sol y mugre habían perdido el tenaz color negro, propio de la región.

La cabellera era indomable, rebelde, se extendía gruesa y clinuda, más allá de una enorme cabeza, cuya apariencia daba la impresión de ser totalmente plana, de una solidez craneal que desafiaba la firmeza del concreto, el ramaje se alargaban pinchando la nuca, cubriendo las orejas y sombreaban protector la frente y ojos. Hablando de los ojos, los ojos de ellos no sabían sonreír como los del cangrejo; ellos eran dueños de ojos fríos, inexpresivos y negros que sólo habían aprendido a mirar el vacío y la comida que engullían voraces. estaba en medio de esos ojos, la nariz recta y gruesa, juego indiscutible de la boca de labios bien delineados pero eternamente abiertos que enseñaban una punta húmeda y rosada que a la vista de cualquier cosa de apariencia de comida se movía velozmente hacia dentro y hacia fuera.

Estos eran cuatro rostros en uno, esculpidos en una cabeza grande, empotrada en un grueso cuello que se ramificaba abundante en un ancho y grueso tronco.

Cada cual era la réplica del otro, claro está, con sus distancias naturales. Rosendo a sus doce años era la copia en pequeño de su hermano mayor; así como su hermano era la copia masculina de su hermana y su hermana la copia juvenil de la madre.

Como quiera que esto fuera, no existía diferencia marcada en el cuarteto descalzo, que hasta en el modo lerdo de caminar eran fiel reflejo uno del otro.

Los hombros caídos; el pecho sumido, de donde empezaba un bien delineado abdomen que se extendía ancho y avaricioso, siempre necesitado de algo que pudiera ser engullido; esta morfología les daba ese aspecto indefenso a pesar de la gran fuerza que potencialmente debía existir en la gruesa humanidad de tales seres. Avanzaban uno tras otro; precedidos de la garra y el machete defensor.

Fue por ese tiempo que Chica huevo tuvo la brillante idea. Y aprovechando una de las ocasiones en que se detuvieron frente a su puesto para husmear con curiosidad de animal.

Chica huevo siempre los corría, no soportaba la miserable presencia de aquellos desventurados y no en pocas ocasiones recibieron los mismos insultos y hasta los palos con que tundía a los perros que se atrevían a rondar su derredor.

Al cangrejo lo asustó más aún que los insultos usuales, la ronca voz de la mujer que pretendía ser amable.